
El techo, los libros, las fotos, incluso las piedrecitas que colecciono. Todo va dando vueltas por casa. Y miro por la ventana y mi casa ya no está en mi barrio, sino que ha sido arrancada de cuajo y no se sabe muy bien para dónde va. Da algunos tumbos, se golpea contra algunos edificios, a veces parece que va hacia el mar, pero entonces, rápida, finta a un colegio y se encamina hacia la montaña.
Y yo ya no soy yo. Ya no llevo mi ropa, que ha comenzado a girar por las habitaciones; ni tampoco mi pelo es mi pelo, ni mis ojos, ni mi piel. El estómago centrifuga, el hígado se sube a la planta del corazón e intenta ocupar su sitio. Los riñones, caprichosos, deciden cambiarse por los pulmones, y la sangre, algo mareada por tanto vértigo, se desparrama sin ton ni son por todas partes. Y me miro en el espejo y todo está turbio, desdibujado por tanta vuelta y tanto tumbo. Y veo como la fuerza del remolino me arranca una oreja, luego un brazo, un trozo de cadera, y me voy desperdigando por las paredes, por los suelos.
Recojo como puedo lo que voy encontrando de mí y corro hacia la cama, a esconderme debajo de la manta. Pero ni con ésas.

Entonces es cuando me doy cuenta de que no soy Dorothy, sino Cristinette. Y que ningún Mago de Oz bastará para sanarme.

2 comentarios:
http://antherea.blogspot.com/2007/08/el-mago-de-oz-por-annie-leibovitz.html
juaaaaaaaaaa.. quizá un cuento, o un sueño no bastará… pero quizá.. la misma vida si! a saber!, no?
Un abrazo!
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