4 de febrero de 2010

Cosas del querer




"Que yo te quiero a ti hasta el cielo y las galaxias"



Frase que la mamá de Miss Caos le decía a Miss Caos de chica.

Desencuentros en una estación de metro

Al llegar a casa esta noche, un buen amigo me había dejado un mensaje en el buzón: una historia de desencuentros en una estación de metro. Simplemente genial. No sólo por ver a Coque Malla y a Ariadna Gil con unos cuantos añitos menos y en plena estética setentera. Sino porque... ¿a quién no le ha pasado nunca algo similar a lo de esta pareja?

Sólo dura 7 minutos y vale la pena...




Gracias Burdon, por el vídeo.

Lost in translation



En un metro, en una gran ciudad. X viaja sola, hacia alguna parte. Y viaja solo, hacia ninguna parte

En el andén, X mira hacia un lado, distraída. Ve a Y, cargado de camisas. Con su gorrito de lana gris y sus ojos azules enormes. LOs labios finos y muy rojos, que acaban optimistas, y parece que sonrían siempre. Pero qué lindo, piensa. Y su imaginación comienza a vagar por todas las películas que ha visto sobre encuentros de dos desconocidos en el metro. Medio ríe, embobada, pensando e imaginando que como My Blueberry nights, ahora Y se acercará y le hablará. Y mientras anda inventando novelas rosa, mira divertida cómo el aire que se cuela por el túnel del metro desordena y caotiza las camisas recién planchadas, aún en la bolsa transparente de la tintorería, de Y.

Llega el metro. X piensa, ojalá entres, ojalá te pongas cerca mío, ojalá me hables.

Y llega el metro, y X entra, y Y entra, y Y se pone cerca de X. Pero no le habla. X lo mira, de reojo. Y la mira, de reojo.

Qué lindo pelo tienes, le dice Y a X, en una lengua extraña, de repente, acercando la cara para olerlo, despacito, algo miedoso. Tienes un pelo rizado precioso. Y le pide permiso con los ojos para tocarlo. Y enrosca un dedo en un mechón, y lo desliza, despacio.

X se sonroja. Gracias. A veces, cuando llueve, se vuelve afro, bromea.

Y, todo serio, ¿Y cuándo nieva?

A X le encanta esa respuesta. También. Y ambos ríen, sonríen. Y se miran. Y comienzan a hablar. Voy al centro, ¿y tú? Al museo de ciencias naturales. Ah... eres turista.. Sí, claro. ¿No pensarías que era de aquí, no? ¡Quién sabe? Nadie es de aquí, y todos son de aquí. Claro

X e Y hablan.
X e Y se ríen.

X se muere de ganas de que el vagón se quede sin electricidad, se pare. Y queden atrapados horas allí dentro. Que siga la película.

El vagón llega a su destino. ¿Quieres tomar un café conmigo?, ensaya X por dentro una y otra vez, sin dejar de mirar los ojos grandes y azulones de Y. ¿Te apetece tomar un café conmigo? Oye, ¿y si tomamos un café?, piensa cada vez más alto. ¿Lo oirá Y?

Las puertas se abren. La gente sale y entra a borbotones. X y Y. Se detienen, se miran. X avanza. Y habla. ¿Qué ha dicho? Yo tengo que ir para allí... Y por dentro: te invito a un café, con el corazón palpitante

Ha sido un placer conocerte, X, la chica del pelo lindo que se vuelve afro.

Y Y le da la mano lento. Y la mira triste. X piensa que las piernas le han desaparecido debajo de la cadera. Ya no están allí, para sostenerla. Y siente que en cualquier momento caerá y será pisoteada por todos aquellos X e Y que corren hacia el trabajo.

Y se desvanece en la multitud

X comienza a andar poco a poco. Entonces, la frase de Y vuelve a su cabeza y X despacio, se gira y comienza a correr hacia el tumulto. Busca a Y desesperada, no lo ve. Quizás ha salido ya a la calle. Corre escaleras arriba. Nada. Y se ha esfumado

X se quita los guantes, la bufanda y el gorro, lentamente. Se sienta.

'X, no te vayas todavía. Tómate un café conmigo'

¿Cómo puedo no haberte entendido?

6 de enero de 2010

El niño lágrima


R es un niño lágrima
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R desde hace algún tiempo va por la calle, R el niño lágrima, con una nubecita chiquita que lo sigue. Por todas partes. Arriba y abajo. R y su nube azul.


R mira hacia arriba con la vana esperanza de que algún día esa nubecita que no deja de lloverle encima, que no deja de taparle el sol, se desvanezca, se esfume, se deshaga, se deshilache, como las nubes de algodón de las ferias. Pero pasan los días y los días, y aquella nube, cabezota, aún está allí.

Y no para de lloverle encima a R, el niño lágrima.,,,,,,,,
Y R ve como el resto de personas ya no lo recuerdan como era antes. Se ha acostumbrado tanto a la nube, R se ha acostumbrado tanto a esa nube fea y gorda, que parece que siempre tenga que ser así.

Entonces, un día, R ve triste requetetriste como algunas de las personas que lo rodean, algunas de las personas a las que más quiere, comienzan a contagiarse de su climatología y comienzan a perseguirlas una especie de sombras nubolosas a todas partes.
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Y R no puede dejar de sentirse culpable. Ai...
Y R no puede dejar de sentirse responsable. Y entonces truerna, relampaguea, y las tormentas de la nube de R se hacen más y más grandes. Y el pobre R llora que te llora.

Y comienza a haber personas lágrimas como él repartidas por el mundo y... no le gusta. R quiere que la gente ría. Que la gente sueñe.
Y R llora
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R ya no se acuerda ni de quién es. Y espera que salga el sol. Y lo busca por todas partes. A veces, sólo a veces, sale cuando menos se lo espera, sobre todo si no controla inquieto la hora.


R es un niño lágrima.
R es un niño lágrima que no sabe el más importante de todos los secretos:

Que,
a veces,
basta con llevar paraguas, para que esa nube patosa, que se nos enreda entre el pelo, acabe de descargar y se marche. Sin que nos moje.
A veces,
si no tenemos paraguas, nos lo pueden prestar. También podemos acurrucarnos bajo el de otro.



Y lo que R tampoco sabe es que a veces, cuando menos se lo espera, sobre todo si no busca y rebusca entre mapas y más mapas, al fondo a la derecha, en el bosque, hay siempre un árbol naranja, con unas ramas frondosas enoooormes, bajo las cuales cobijarse.

Pero R es un niño lágrima.

26 de diciembre de 2009

Regalos navideños



X lleva días, muchos días, pensando qué regalarle a Y. Desde hace tiempo, porta consigo una libretita y se apunta cada cosa que Y dice que le gusta, o que cree que a Y le hace falta. Hoy la mira, y la remira. La lista. Uf. No sirve. No quiere regalarle ni un libro, ni un disco, ni ropa, ni unas entradas para el teatro. X, algo cabizbaja, comienza a caminar por la habitación, se detiene junto a la ventana y mira a los vecinos de enfrente, enzarzados en la cama. Contándose secretos al oído.

De repente, el corazón le da un vuelco. ¡Ya lo tiene!

Y lleva mucho tiempo triste, decaído. Así que a X se le ha ocurrido que le preparará un pack de primeros auxilios antidías grises. Ha entrado corriendo en su habitación, se ha sentado al escritorio y se ha puesto a dibujar, a recortar, a pegar. Ha hecho una cajita, de color crema, con muchos dibujos. Con un pez enorme, de rayas. Con un árbol pequeñito, naranja. Con un campo de girasoles. En la tapa superior, le ha puesto una foto, de un viaje a punto de empezar. Para que Y, cada día que mire la caja, pueda sentir y pensar que hoy empieza todo. Que cada día puedes emprender un largo viaje, una aventura. Un cambio, un camino.

Caja lista. ¿Y dentro?, se pregunta X. Dentro... piensa y piensa y... coge un frasquito de cristal verde clarito y le pone cientos, miles de letritas, para que reescriba cada capítulo de su vida que no le guste. Al lado, cuidadosamente, deposita un paquetito de abrazos energéticos, de esos que cuando los das notas un chispazo desde el cogorote hasta la planta del pie, con piruetas en el estómago y en el pecho. en la parte de abajo, hay una cajita repleta de besos salvavidas, de besos curalotodo; un corazón envuelto en papel de celofán, latente, latiendo. E infinidad de caramelos de naranja por todas partes. También hay un par de tarrinas, una de minutos preciosos, y otra de historias con final feliz. Y un refugio, en el que poder esconderse cuando el mundo le vaya demasiado grande.

Cuando acaba de poner todas las cosas en la cajita, X la mira, satisfecha y contenta. La cierra, la envuelve en papel de regalo, le pone un lazo y la abraza.

Tengo tu regalo, Y. Piensa.

21 de diciembre de 2009



(all the time spent dreaming's never lost)

(Dibujo y frase de Albert Aromir. Diseñador, ilustrador y... poeta)

Besos de mecromina


Érase una vez que era una Princesilla linda linda. Y feliz como una perdiz.

Princesilla hace días que ríe.

Escribe poemas. Hace pasteles. Compra flores

Hace días que Princesilla se acuesta tarde, se levanta repronto. Antes, mucho antes de que salga el sol.

Sueña. Y ríe. Y piensa. Imagina.

Hace días que Princesilla espera. Que él llegue, Que él la llame, que él le confiese un día que también escribe poemas, hace pasteles y compra flores, como ella. Que sueña que camina por el Palacio de la Luz, junto a ella.

Hace mucho que Princesilla no se siente tan princesilla en su palacio de cristal. Y por eso, camina flojito, casi levitando, pero contenta. Tiene miedo a romper los pasillos con su trote feliz.

Y se pasea, con su luz, enorme, del pasillo al comedor. Con su sonrisa de niña. No me mates con cuchillo, mátate con tenedor. Y sus andares de pandereta

P E R O

Ayer Princesilla estaba triste, muy triste. Esperaba.

Esperaba que él llegara.

Esperaba que le confesara que él no hacía poemas. Ni la soñaba. Ni la reía.

Esperaba que él le dijera que no quiere vivir en el Palacio de la Luz, junto a ella, ni hacer girasoles-giravidas de papel de celofán.

Ayer mi Princesilla estaba triste, requetetriste.

Le metí un puñado de besos de mercromina en el bolsillo.

Y la vi alejarse, arrastrando los pies, con la mano en el bolsillo, hundida en el saquito de besoscuralotodo.